
El Duque
Ayer se murió el Duque.
Estaba viejo y enfermo. Sus ojos carecían de brillo y jadeaba por todo.
Anoche bajó el “raco”, ése cálido viento cordillerano y noté que el Duque ladraba más que otras veces.
Lo miré desde mi ventana y ahí estaba perdido en el infinito. Erguido y soberbio, como en sus mejores tiempos, le daba la bienvenida al viento y éste mismo fue quien se lo llevó.
Ay, Señor, que me has hecho llorar.
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